El macabro y oscuro claro del bosque…

«La bruma lo cubría todo en aquella noche gélida en la que el frío helaba hasta los huesos. Me había planteado no salir, pues no me quedaban fuerzas, pero no podía olvidarme de él sin más. Tenía que buscarlo por lo menos en los sitios que más le gustaba jugar, e incluso preguntar por ahí si lo habían visto con alguien.

Hacía dos días que no sabía nada, y que se me había paralizado la vida. No tenía ganas de ver a nadie, ni a mi familia.

Por el camino vi a varios de sus amigos. Pregunté a sus padres por él…, y nada. Todos se interesaban angustiados al darse cuenta de que llevábamos varios días sin aparecer por el parque. Yo no tenía ganas de hablar con nadie, así que me entretuve lo justo, marchándome cuando ya tenía la información que me interesaba y dejando a más de uno con la palabra en la boca.

 

Parecía que se lo había tragado la tierra, pero yo estaba dispuesto a ponerla boca abajo para encontrarlo. Seguí por el bosque que había detrás de la urbanización. Era lo único que me quedaba por revisar y de nuevo la angustia me vació el pecho al pensar que pudiera estar pasando frío, que estuviera enfermo, o que le hubiera pasado algo peor. Aquel fatídico día solo le perdí de vista 10 segundos, así se lo conté a la policía, y, por mucho que intentara pensar dónde podría haber ido, no encontraba las respuestas.

¿Cómo podía haberlo dejado solo siquiera un momento? No me lo perdonaré jamás, aquello era algo que iba a recordar para siempre. No había solución y tampoco era momento para lamentarse, así que me arreglé la bufanda, me apreté mi abrigo y me adentré en el bosque sin pensarlo dos veces. Iba deshaciendo el camino en mi mente por si me había saltado alguno de los parques a los que solíamos ir. Recuerdo que los lagrimones resbalaban por mis mejillas y casi se congelaban por el frío. El aire cortaba mi piel como si su etérea forma descarnada estuviera hecha de cuchillas. Creo que la situación y el cansancio de no dormir incrementaron todas las sensaciones que tenía.

De nuevo su imagen jugando con su pandilla se me repetía en la cabeza. Casi todos eran mayores que él, apenas contaba 5 años, y su vacío me estaba empezando a pasar factura. Porque fuera más pequeño no se achicaba y defendía con gran coraje a los más débiles, a menudo, amedrentados por los más gallitos del grupo. En la mayoría de los casos lideraba cualquier reunión a la que se acercara. El resto lo adoraba por su carácter y porque nunca aceptaba un no por respuesta. Siempre estaba dispuesto a compartir sus juguetes que cuidaba como si fueran tesoros. Los padres lo adoraban por su educación y a mí me hacía sentir orgulloso.

Mis oídos quisieron captar un sonido lejano y borroso…

—¡Dylan! ¡Dylan! ¿Puedes oírme? ¡Soy papá! —gritaba sin oír nada más que mi voz distorsionada por el vendaval.

Era el viento, que mecía las copas de los árboles y confundía mis sentidos.

Al adentrarme en el oscuro corazón del bosque, noté que la corriente era más fuerte cuanto más me alejaba de la ciudad, y tuve la demente sensación de que el aire me empujaba por la arboleda. Aquella violenta danza entre los troncos traía susurros de muerte a mis oídos que por momentos me hacían plantearme volver a casa y dejar la búsqueda…

—¡¿Dónde estás?! —grité desesperado.

Nada… solo el aire, que seguía riéndose de mi mala suerte. Di unos cuantos pasos y llegué a un claro en el que contemplé horrorizado la escena más grotesca que había visto jamás. Allí estaba colgado del cuello y destripado, todavía desangrándose acunado por el viento y devorado por los insectos.

Era Dylan, con el reflejo de la muerte dibujado en su mirada y un cartel que rezaba:

—Ya no es necesario pelearse por quién se lo quedará».

Nota: El relato sin el título tiene 666 palabras.

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«La lectura es la mágica energía que da vida a los personajes de los escritos; aplica tu magia siempre que puedas». ©2020 – J. A. Ríos

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