Fragmento de Isabella. La Nana de Dulce Muerte. ¿De verdad… quieres saber?

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«…Las horas en primera clase se hicieron bastante más cómodas para Sara, que necesitaba descansar y, aprovechando que podía ir prácticamente tumbada, se quedó dormida, dejando a Isabella jugando con la pantalla de entretenimiento. La niña bajó el volumen poco a poco, se quitó los auriculares, pasó con habilidad por encima de su madre, sin rozarla, y bajó al pasillo iluminado solo con las bandas del suelo que lo dibujaban hasta la cortina de la clase turista. Casi todos dormían y el que no lo hacía estaba tan cansado después de cinco horas y media de vuelo que Isabella pudo caminar hasta llegar a la altura donde estaba la monja, pasando prácticamente desapercibida. La anciana rezaba, mientras la persona que tenía a su lado roncaba plácidamente con música clásica y antifaz para dormir, ajeno a la extraña situación. La niña la miraba con una sonrisa desdibujada, sin alma, vacía; la señora seguía rezando desencajada. Sonó la alarma de uno de los pasajeros cercanos, marcaba las 03:14 de la madrugada e Isabella fijó su mirada en ella, cambiando su mueca por otra de absoluta frialdad y dijo:

—Ayer no ibas a morir, hoy sí, no te resistas o sobrevivir será peor que el infierno al que temes.

Al terminar la frase, la monja empezó a tener un ataque de pánico, que agravó el asma que padecía. Las manos le temblaban y no era capaz de encontrar el inhalador para calmar la crisis. El pasajero de su derecha dormía como un tronco mientras ella convulsionaba en la silla delante de la niña, quien permanecía impasible a lo que estaba viendo. Al poco rato, la azafata llegó, para fortuna de la monja, ayudándola a encontrar su inhalador y apartando a Isabella. No quería que se asustara al ver a la mujer en aquel estado. Al instante se acercó otro compañero de la tripulación y se agachó a la altura de la pequeña, que parecía estar despertando de un mal sueño en medio de aquel avión. Entre sollozos, mientras el amable azafato la llevaba en brazos donde estaba su madre, le decía al oído:

—Se va a enfadar…, quería el alma de esa mujer —el chico la apartó para mirarla con gesto de sorpresa ante la frase de Isabella, pero decidió restarle importancia, dando por hecho que había sido fruto del estrés provocado por la situación.

Sara despertó asustada al ver que traían a Isabella en brazos, llorando. El tripulante de la cabina le explicó que una señora se había sentido mal. Ella, más preocupada por el estado de su hija que por otra cosa, no pudo ver de quién se trataba antes de que el azafato cerrara la cortina para no alarmar a los pasajeros de primera clase.

Isabella no quiso hablar y se limitó a pedir agua. Engulló la botella y pidió otra más para asombro de su madre que de pronto se dio cuenta de que Isabella bebía mucha agua últimamente, en exceso. Las azafatas pasaban rápidamente, una detrás de otra; al parecer, ocurría algo. Se oía un revuelo de gente, gritos y una voz que resonaba entre todas, una mujer que gritaba asustando a los pasajeros.

—Estáis todos condenados, muertos en vida, mortales esclavos de los sentidos y los sentimientos, moriréis cada uno de vosotros y yo también, ella os matará a todos…, no la miréis, no la miréis. Parece un ángel, pero viene del infierno, tiene sus alas quemadas, las he visto crecer en su espalda. ¡Matadla! Matadla o ella os matará a todos»…

Fin del fragmento.

¿De verdad… quieres saber?

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Espero que lo pases de miedo…

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